¿PORQUÉ LLOVEMOS?
La lluvia cae en la vereda, en los toldos. Invade y reina. Unas veces durante la noche otras durante el día, a veces en continuado. Comienza suave, gotita a gotita para desatarse luego en continuos baldazos, de una furia repentina. Este estadio (cuando existe) es corto, pero voraz, arrasa con todo a su paso. No queda nada seco. Cuando estoy en casa, agradezco tener un techo. No lo hago muy seguido, pero cuando el tiempo no tiene clemencia hago el ademan de mirar al cielo (un cielorraso cuasi blanco a un metro y medio de mi cabeza), junto las manos y tengo una pequeña conversación con Dios, el otro mundo, el más allá o mi propia conciencia (según el estado de religiosidad que tenga esa semana). Pero instantáneamente, luego de sentirme llena de gracia, hacen su aparición en mi pensamiento todos aquellos vecinos nuevos de mi barrio acomodado que veo durmiendo en la calle cuando salgo a la mañana a trabajar, o esos que comparten sus malabares con los automovilistas en las esquinas, o aquel...