¿PORQUÉ LLOVEMOS?
La lluvia cae en la vereda, en los toldos. Invade y reina. Unas veces durante la noche otras durante el día, a veces en continuado. Comienza suave, gotita a gotita para desatarse luego en continuos baldazos, de una furia repentina. Este estadio (cuando existe) es corto, pero voraz, arrasa con todo a su paso. No queda nada seco. Cuando estoy en casa, agradezco tener un techo. No lo hago muy seguido, pero cuando el tiempo no tiene clemencia hago el ademan de mirar al cielo (un cielorraso cuasi blanco a un metro y medio de mi cabeza), junto las manos y tengo una pequeña conversación con Dios, el otro mundo, el más allá o mi propia conciencia (según el estado de religiosidad que tenga esa semana). Pero instantáneamente, luego de sentirme llena de gracia, hacen su aparición en mi pensamiento todos aquellos vecinos nuevos de mi barrio acomodado que veo durmiendo en la calle cuando salgo a la mañana a trabajar, o esos que comparten sus malabares con los automovilistas en las esquinas, o aquellos otros muchos que trabajan de separar, juntar, y llevarse lo que todos los días desecho por inservible. ¿Qué hacen todos ellos cuando el cielo decide que ya soportó demasiadas nubes y que es hora de regar los parques, bañar los ríos, y dar de beber a las aves? Porque este no es más que un fenómeno natural, existente desde el comienzo de la historia del mundo, que no entiende de coyunturas económico culturales. Disfrutá de la lluvia dice el campero con el pasto seco, y las vacas hambrientas. Por fin llego el agua dice el veraneante en Buenos Aires, luego de una interminable jornada en el desierto citadino. Es buena suerte, dice la futura suegra a la futura nuera que dejó sus huevos con las monjas cumpliendo así con la tradición de que esta limosnita evitará los arrebatos tormentosos en el día en que ante el altar se diga el sí tan esperado. Si la sonrisa es la primavera, los gritos son los truenos, las caricias la briza fresca de verano, un golpe un vendaval, entonces la lluvia son las lágrimas. No la podemos frenar. El llanto llega. A veces nos damos cuenta que está ahí por salir, unido a un acto de amor observado o recibido. La lluvia emoción. Es la que nos eriza la piel, nos deja la boca abierta, para luego cerrarla ya con los ojos vidriosos. Otras son producto de un estallido, unida a un acto de injusticia. La lluvia bronca. La que deja la garganta anudada y los labios apretados para no gritar. La lluvia carcajada, es la más adorable. Es cortita, nos mojó, nos dejó liberados y suspirando para seguir con una sonrisa a cuestas. La más difícil es la lluvia impotencia, esa que llega ante las cosas que no podemos cambiar. La que viene con la congoja de una muerte (que nunca es esperada), el quejido de una pérdida irrecuperable, el dolor por las consecuencias del desgarro. Es una lluvia inevitable, pero que queremos imaginar que nunca nos va a mojar.
Las más ácidas son las lluvias desamor. Cuando este diluvio llega, casi nunca estamos bajo techo, y si lo estamos es de paja, endeble. El peso del agua se hace insoportable, y cede. Porque en un oscuro lugar de la conciencia sabemos que los nubarrones hacen rato estaban ahí.
Hoy detecté su aparición entre la gente que iba y venía. Quise correr hasta la dueña a frenar esa tormenta desconocida que no me mojaba, pero removía alguna tierra de otro tiempo.
Creo que no hubiera servido de mucho, quién es esta loca que me abraza?
O si, gracias era lo que necesitaba.
Me quedo con la incertidumbre, aunque reconozco que en ese momento el abrazo genera la lluvia compasión. Y en el instante mismo en que los cuerpos se acercan, los brazos se entrelazan, y las cabezas se acomodan sobre el hombro ajeno, se hacen más fuertes las precipitaciones. Es agradecimiento nomás, es sentirse protegido por un momento. Encontrar el paraguas que nos da refugiO.
A ella la vi irse, secándose fuerte el rostro de las lágrimas más viejas, los parpados inferiores de las más nuevas, y los superiores de las que estaban por salir. En un instante imprevisto para el transeúnte despistado, la lluvia desamor se transformó en lluvia bronca. Lo noté cuando sus dientes superiores mordieron el labio inferior, y luego de una interminable inspiración vino el resoplido que le infló las mejillas. Y así seguirá, pendulando entre una y otra.
¿Porque desató la tormenta este Villano que también vi partir cabizbajo? Como en la naturaleza, no hay a quien echarle la culpa del aguacero. Llega, porque habrá tenido que llegar.
Las nubes se hacen más fuerte que el viento, y más temprano que tarde las condiciones se dan para que el estallido traiga el agua que lavará lo viejo, y lo sucio. Y así seguirá, hasta que un día, te des cuenta de que hace rato que ya no hay derrames repentinos. El momento en que todo empieza a dejar de ser opaco y desabrido para volver a ser brillante. Cada cosa con su color. Para que todo vuelva a empezar (siempre que creamos que el comienzo es el sol).
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